Cuando nace le pedís que sea sanito, que sea nena
(o nene), que no te dé trabajo, que no se enferme y que duerma de noche (así también dormís vos).
Cuando crece un poco querés que sonría cuando te mira, que haga monerías, que no llore cuando salís a la calle, que camine al año y medio, y que diga primero "mamá" (o "papá").
Cuando lo mandás al jardín te cuesta dejarlo, llorás a veces (con suerte lo hacés a escondidas) y si se engancha y quiere quedarse, te enojás porque no quiere irse, y le preguntás si no te quiere más que quiere irse a la casa del amiguito a jugar.
En la primaria lo mandás a jornada completa, a fútbol, natación, inglés, o danza clásica y cuando llega a casa de noche, le pedís que se bañe, haga la tarea, coma y se vaya a la cama, y le aclarás que hoy no le vas a leer un cuento "porque estás muy cansado/a".
Siempre le pedís que sea feliz, que haga lo que quiera siempre y cuando lo haga feliz... pero deslizás que se vería muy bien en un traje de oficina, o con un ambo de doctor, o con un guardapolvo de maestra, o si se hiciera las tetas, adelgazara y usara tacos como una modelo.
Y yo me pregunto una y otra vez, cada vez más fuerte, ¿qué estás pidiendo entonces?
¿Pintar o no pintar?