
Un largo sueño tormentoso.
Sábanas arrugadas y caídas.
Resplandor.
Sin abrir los ojos, me acurruco por última vez.
Suspiro.
Me refriego la cara
tratando de despegarme las pestañas.
La frazada pesa y cae al piso,
entonces levanto la cara de la almohada para espiar la hora.
Lo peor había pasado, era momento de levantarse.
Salir al mundo después de un vendaval no es poca cosa,
aprender otra vez a vivir, menos.
Pero entra el sol por la ventana y por fin lo puedo ver después de tantas mañanas oscuras.
De golpe recuerdo el sueño de tormenta y se arma un nudo,
el momento de elegir se precipita,
y es el tiempo el que tiene la última palabra.
Por eso, cuando lo único que queda es esperar
lo mejor que se puede hacer es mirar el sol de frente
y abrir de par en par las ventanas,
para que el viento se lleva las mañanas oscuras
y traiga nuevos días de calma.
Cada tanto me acuerdo y me río.
Cada tanto me acuerdo y lloro.
Algunas veces me quedo pensando.
En lo que “podría haber sido si”...
y veo en negrosyblancos,
veo sólo l e t r a s;
no reconozco palabras ni frases,
sólo retazos…
y me pongo los anteojos para ver de lejos;
ésos que me hacen falta
para no volverme miope y no chocarme con los muros,
para acordarme que los muros los construimos para tapar
lo que hay más allá,
más allá de nuestro horizonte,
más allá de nuestros ojos.
De nuestros ojos que
sean marrones
negros
verdes
celestes
almendra
o miel,
niegan sus propias cegueras